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19 de febrero de 2017

La huida de Venustiano Carranza



La huida de Venustiano Carranza de la ciudad de México en 1920 

En el plan de Agua Prieta se desconocía a Carranza como presidente de la república y a los gobernadores de Guanajuato, San Luis Potosí, Querétaro, Nuevo León y Tamaulipas, cuyos nombramientos, de acuerdo con los rebeldes, habían sido producto de una imposición; se convocaba a los gobernadores a que se adhirieran al movimiento; se designaba a Adolfo de la Huerta jefe del Ejército Liberal Constitucionalista; y se establecía que al triunfo de la causa, se nombraría un presidente provisional que convocaría a elecciones.

Carranza contestó con un manifiesto: “Se equivocarían completamente quienes me supongan capaz de ceder bajo la amenaza del movimiento armado, por extenso y poderoso que sea. Lucharé todo el tiempo que se requiera y por todos los medios posibles”.

Pronto una importante porción del ejército se unió a la revuelta; sectores sociales y políticos hicieron lo mismo en una especie de plebiscito contra Carranza; numerosos exiliados apoyaron la rebelión viendo en ella la oportunidad de regresar. Poco a poco el país fue cayendo en manos de los aguaprietistas. Carranza se quedó solo en lo político y en lo militar. 

Las fuerzas de Calles, Álvaro Obregón, Pablo González y De la Huerta tomarían la capital en cuestión de días. González estaba en Puebla y Obregón en Cuernavaca. Carranza no estaba dispuesto a ceder el poder ni a ser tomado prisionero. Tomó entonces una decisión: se trasladaría a Veracruz llevándose el gobierno a cuestas. Ordenó que se alistara un convoy de 60 vagones, en los cuáles iban empleados de gobierno y sus familias, archivos del gobierno y el oro del tesoro de la nación.

El gobernador de Veracruz era Cándido Aguilar, el yerno. Carranza contaba con que al llegar conseguiría fortificarse y vencer a los alzados. Ante lo inevitable, afirmó: “No estoy dispuesto a huir como Porfirio Díaz, ni a ser sometido como Francisco I. Madero. Volveré a la ciudad de México victorioso o muerto”.

El 6 de mayo de por la mañana se hicieron los preparativos finales. Carranza vestía su atuendo tradicional. Supervisó las operaciones, dio instrucciones y abordó el tren presidencial. Al caer la noche salieron los primeros trenes. El espectáculo era atemorizante: andenes llenos de personas que querían escapar de la ciudad. Solo se permitía abordar a integrantes del gobierno o militares leales. Niños y mujeres los acompañaban. 

El día 9 estuvo en Apizaco. Héliodoro Pérez fue atacado en San Marcos, pero consiguió repeler el ataque. Carranza durmió allí esa noche y permaneció hasta el otro día. En la noche del día 10 los trenes comenzaron de nuevo su avance. Para el día 11, amanecieron cerca de Rinconada, Puebla. El general carrancista Francisco Murguía atacó a los soldados que intentaban detener el tren. Carranza recorrió la línea montado en su caballo, pero comenzaron a disparar y mataron al animal de un balazo. Los alzados fueron repelidos, y en la tarde hubo mas tiroteos. La caballería del Colegio Militar entró en acción dispersando al enemigo y tomando prisioneros. Tras la agotadora jornada, Carranza durmió en Rinconada. 

El general Treviño le ofreció a Carranza respetar su vida y amplias garantías para él y su gente a cambio de que saliera del país. Carranza se limitó a escucharlo, sin dar respuesta. Por la noche llegaron a la estación Aljibes; no había combustible. Allí se detuvieron. Entonces los ataques recrudecieron. Las tropas del general Guadalupe Sánchez atacaron. La comitiva comenzaba a sufrir penurias. El agua y la comida escaseaban. No había agua y los baños del tren hedían. El calor en el interior de los vagones era insoportable, la gente tenía hambre y sed. El desaliento cundía.

Apareció Jesús Guajardo, el asesino de Zapata, quien lanzó una “máquina loca” (una locomotora cargada de explosivos) contra la comitiva. Fuerzas gonzalistas y obregonistas cañonearon los vagones; causaron docenas de muertos donde personas se quemaron vivas, otras murieron por las ráfagas de ametralladora, algunas por las explosiones. Las fuerzas carrancistas nuevamente repelieron el ataque, pero estaban muy diezmadas. 

El día 14 la comitiva comenzó a abandonar los trenes. Sánchez volvió a atacar, causando mayor mortandad entre los civiles. En plena balacera el general Francisco L. Urquizo llegó hasta la plataforma del carro presidencial donde Carranza, sentado y tranquilo, observaba el desorden y el pánico.

Urquizo intentó persuadirlo de que saliera y escapara. Carranza se negó. Había en su actitud algo de reto al destino: no se movía del sillón en que reposaba; ni un músculo de su rostro se contraía. Algunos proyectiles rebotaban en el tren y otros en el barandal dorado de la plataforma.

Carranza ordenó que todos los que pudieran regresaran a la capital. Al mediodía, en pleno combate Carranza anunció que él y algunos miembros de su gabinete, así como algunos militares, seguirían a caballo su trayecto a Veracruz. En la ciudad de México Obregón y González enviaron tropas para atacar a los civiles que, heridos y exhaustos, regresaban a pie. Algunas mujeres fueron violadas, muchos niños murieron y se ejecutó a innumerables personas durante aquel trayecto de muerte.

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